Llegó temprano, como siempre en estas lides.  Cuidadosamente se quito la ropa y observó su reflejo en el arroyo. Su cuerpo no era el de antes, aunque las cicatrices fueran las mismas de la última vez.  Despacio, con mucha calma, inició el ritual ya repetido mil veces.

Bebió un poco de agua y vertió otro poco en el suelo. Acomodo sus ropas en una pila y abrió el paquete que traía en su espalda. Una a una ubico las cosas donde correspondía.  Armo el pequeño fuego donde se cocinaría su última comida, su contraparte no había llegado todavía. Por lo bajo maldijo a los jóvenes y su falta de respeto por los rituales.  Se llevó la mano izquierda a la frente y dijo “un pecado mas para expiar en el ritual”.

Puso un puñado de arroz en la marmita, mientras decía en esa lengua que ya pocos o muy pocos hablaban:

-Vaya  un grano por cada falta cometida desde el último ritual.

Puso un puñado de sal y dijo:

-Un grano por cada vida perdida desde el último ritual.

Finalmente puso un ramillete de hierbas diciendo

-Sea este el último ritual, sea esta la última cena para alguno de los aquí dispuestos.

Aquí se volvió a acordar de los jóvenes y su imprudencia,  en sus tiempos siempre estaban los dos para el comienzo del ritual. Ahora hacía mas de diez años que no hacía un ritual acompañado.

Tomó el vino sagrado, y recordó que la próxima vez debería ir al templo por más. Puso un sorbo en su boca y lo tiró al aire, después bebió otro.  Tomo el ramillete de hierbas de la marmita, y lo agregó al fuego. Comió medio tazón de arroz, y el resto fue a parar al arroyo. Ya estaba purificado, ahora tenía que esperar al otro día en estado de meditación.

Al atardecer llegó el joven, puso sus cosas en un orden simétrico al que tenia el viejo, y se sentó al frente de él a esperar el amanecer.  Con la luz del sol ambos cuerpos desnudos fueron al arroyo e hicieron el ritual de purificación del sol. El viejo se detuvo a ver su cuerpo, firme todavía, aunque con algunos pliegues que no eran cicatrices.  Observó que no le quedaban muchos rituales, necesitaba un discípulo. Con mucha calma el viejo y el joven se fueron acomodando para la última etapa.

-Una placa en el hombro,  para proteger el brazo- dijo el viejo.

-Una placa en el corazón para proteger el  espíritu- contestó el joven, y así siguieron.

-Una placa en  la espalda, para no tentar las traiciones.

-Una placa en las piernas, para no tentar la cobardía.

-Una placa en la cabeza, para que la muerte no tenga nido.

-Un acero en la mano, para que la muerte anide en otro lado.

Dicho esto tomaron las espadas y comenzaron el duelo.  El cuerpo joven era ágil y fuerte, pero no había completado los rituales, su mente estaba dispersa. El viejo atacaba con calma, cuidando su cuerpo y su mente. Por espacio de un minuto solo se escuchó el acero, hasta que el joven rompió el silencio.

-Somos los últimos ¿Sabías?

-No, pero no me extraña.

-El que salga vivo de aquí verá cosas  terribles, La Orden no existe más.

-Mientras quede uno vivo La Orden existe.

-¡No entiendes, La Orden ha muerto! ¡Ellos ganaron!

-No, solo han retrasado un par de siglos el final inevitable.

-Que piensas hacer ¿Reconstruir La Orden tu solo?

-Si es necesario, ya va siendo tiempo de tomar un discípulo

-No vas a encontrar ninguno, está prohibido.

-Entonces tendré que ir a donde esto no sea un inconveniente.

-Este era el último lugar, hasta ayer.

En ese momento iniciaron la verdadera lucha,  el viejo todavía perplejo por las palabras del joven. El joven tratando de conseguir una victoria rápida para poder irse de ese lugar, esconderse y evaluar sus posibles  opciones. La mente del viejo le decía lo que tenía que hacer, parar, punta, filo, parar, parar, trabar, asir firmemente el mango. Esta última orden llegó tarde, su espada voló detrás del joven. Nunca en su vida había estado en situación semejante, necesitaba pensar algo rápidamente.

El joven avanzó confiado, el viejo estaba desarmado, solo necesitaba terminar lo que vino a hacer. El viejo se recordó unos cuantos trucos que le había enseñado su maestro para situaciones como esta. Mente ágil, cuerpo no tanto, esquivar, golpe en la placa de la pierna, esquivar, tomar, golpear. La espada del joven voló por los aires, golpear, torcer, golpear, respirar, juntar energía, golpear, fuerza de la tierra, asir, fuerza del aire, respirar, fuerza del agua, presionar, fuerza del fuego, golpe profundo.

El joven perdió rápidamente su rigidez, y cayo inerme a los pies del viejo. Otro ritual más -pensó el viejo-, otra cicatriz, y se fue caminando hasta el arroyo. Allí procedió al siguiente ritual, se quito las placas, y se sumergió en el agua. se levantó y contempló su reflejo, un par de nuevas cicatrices, nada grave. Junto sus cosas y continuó su ayuno hasta la mañana  siguiente, acomodó el cadáver de su rival en una pira, que encendió con los últimos restos de la fogata que mantuvo durante toda la noche. Acomodó sus cosas en el paquete y buscó su espada, como el ritual indicaba. Lo último que debería abandonar el lugar del combate era la espada del vencedor, la del vencido moría con él. Guardo su espada, como siempre lo hacía.

“La espada siempre cobra un impuesto de sangre”, recordó que le había dicho su maestro, mientras le flaqueaban las piernas.  “La Orden ha muerto” pensó cuando sus rodillas llegaron al piso. “La estirpe del coraje se pierde”, murmuró mientras su cabeza golpeaba con el suelo.

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